Parece ser una realidad compleja que atañe al misterio de Dios, también al culto y a la moral. Constantemente se atribuye a las criaturas.
La liturgia aclama a Dios tres veces santo, a Cristo “solus sancto” y celebra a los santos. La Biblia define a la santidad en su misma fuente, en Dios, de quién deriva toda santidad.
Para que el hombre reconozca la santidad de Dios, es preciso que El manifieste su gloria por medio de la creación, de teofanías o de una protección milagrosa.
La santidad de Cristo está íntimamente ligada con su “filiación divina” y con la presencia del Espíritu Santo en El. Concebido del Espíritu Santo, es llamado Hijo de Dios. Su santidad es idéntica a la de Dios, su Padre. Y esta santidad le hace amar a los suyos hasta comunicarles su gloria recibida del Padre.
Los cristianos participamos de la vida de Cristo resucitado por la fe y por el bautismo. Somos santos en Cristo, por la presencia del Espíritu en nuestros corazones. San Pablo nos dice que esta presencia es permanente y que hace de nosotros “templos de Dios”.
La santidad de los cristianos proviene de una elección y exige ruptura con el pecado. El cristiano “alcanzado por Cristo” debe participar en sus sufrimientos y en su muerte para llegar a la resurrección.
Los santos pueden y deben santificarse para estar prontos para la parusía del Señor, en la que Dios será glorificado en los santos.
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